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EXTENDIENDO LA MANO, LO TOCO |
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Domingo 15 de Febrero de 2009. |
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Acariciar y ser acariciado es una necesidad para la salud, el equilibrio y el desarrollo de las personas. Nos referimos exclusivamente aquí a las caricias físicas. La ausencia completa de caricias en los comienzos de la vida puede ocasionar incluso la muerte del niño. No sólo de pan vive el hombre, sino también de afecto, de ternura, de caricias. Investigaciones científicas demostraron que la falta total de caricias causó en algunos recién nacidos, un retraso en su desarrollo psicológico y en otros, la muerte, a pesar de que contaban con alimento e higiene para su supervivencia. A los niños les gusta ser acariciados, abrazados, mecidos entre brazos e incluso «lamidos». Ni más ni menos como los animales. Frederick Leboyer, ese médico francés de los partos dentro una tina de baño o de una alberca, en uno de sus libros dice que todos los mamíferos –y nosotros pertenecemos a esa familia- lamen con fuerza a sus cachorros desde su nacimiento y que si les falta este masaje, mueren con frecuencia.
Las caricias humanas vienen de muy lejos: del seno materno, y también de la prehistoria, cuando los seres humanos primitivos buscaban el contacto con el otro para sentirse protegidos. Pero, sobre todo, las caricias vienen de las profundidades del alma. Porque el ser humano está compuesto de cuerpo y alma. Por esta razón, las caricias son un lenguaje, incluso más expresivo y cálido que las palabras. Las caricias pueden expresar amor, consuelo, aliento, gratitud, compasión, esperanza, reconciliación, perdón. Ternura. Y también deseo, pasión. Mediante las caricias, una persona acaricia el alma de otra persona, pero a través de su piel que a veces se pone como de «gallina», pone sus vellos de punta y se humedece de sudor.
Somos espíritu, pero también cuerpo. Somos también piel. En la piel llevamos registradas las caricias, arrullos, besos y abrazos de nuestros papás, de los hijos y de todas las personas que nos han amado y estimado en la vida. Esta misma piel nuestra nos hace disfrutar la caricia de esa otra gran madre que es la naturaleza: la sensación agradable de los pies descalzos sobre la tierra o la hierba, la caricia del agua a la hora el baño, del viento, del sol…Caricias que relajan e invitan a la paz interior.
Cuando las caricias nacen del alma y son sinceras, cambian a las personas, porque son portadoras de amor y de afecto, y el amor y el afecto todo lo transforma. Y como somos cuerpo, las caricias producen salud y bienestar corporal. La ciencia ha descubierto que las caricias estimulan las endorfinas (de acción semejante a la de la morfina), que nos hacen soportar el dolor y nos producen sensación de bienestar. Las caricias son necesarias para la felicidad de las personas de todas las edades. No por nada, la palabra «caricia», viene del latín «carus», que quiere decir «caro», que vale un alto precio. En efecto, la caricia es siempre una declaración de valor, afirma el padre italiano Piero Balestro, autor de un libro titulado «La terapia de las caricias».
La ausencia absoluta de caricias significa infelicidad, desequilibrio, desintegración de la personalidad. El Dr. Claude Steiner, uno de los creadores del Análisis Transaccional, ha llegado a la conclusión de que, cuando las personas no reciben caricias, las buscan –a menudo de modo inconsciente- a cualquier precio. Prefieren «caricias negativas» antes que no recibir ninguna. Por ejemplo, prefieren una bofetada a la ignorancia («Mejor, dame una bofetada, pero no me ignores»), el desprecio a la indiferencia, los malos tratos a la apatía. A otras personas, carentes de caricias, les da por otros comportamientos extraños, como el masoquismo (sentir placer causándose dolor) y la rebelión. Muchos niños y adolescentes rebeldes crónicos y sin motivo alguno aparente, lo que están pidiendo a sus papás ausentes con esa conducta, es que los atiendan; otros se fingen enfermos para que les pongan atención y los mimen.
No sólo sufren quienes no reciben caricias, sino también quienes no las expresan. Y éste sigue siendo uno de los problemas de nuestra cultura mexicana y colimense. Seguimos siendo analfabetas en el lenguaje de las caricias.
El evangelio de la misa del domingo 15 de febrero de 2009, nos transmite el relato de la curación de un leproso (Mc 1, 40-45), el cual, de rodillas le suplicó a Jesús: «Sí tú quieres, puedes curarme. Jesús se compadeció de él y extendiendo la mano lo tocó y le dijo: Si quiero: Sana». Por lo general, cuando leemos este pasaje, fijamos nuestra atención en el milagro de la curación de la lepra, pero no en el milagro de la caricia que Jesús hizo al leproso. Jesús «lo tocó». Desde el punto de vista de la ley judía que prohibía a los judíos acercarse a los leprosos, Jesús quedó «impuro», contaminado. Hay que tener muy en cuenta este dato para admirar más al Señor, el Dios hecho hombre que se acerca y entra en nuestras miserias humanas.
Pero hoy quiero invitar a los lectores a ver ese acto de Jesús, «lo tocó», como una caricia. La palabra griega que utiliza San Marcos, es un verbo griego «Hapto», que no quiere decir en primer lugar «tocar», sino sujetar, agarrar, enlazar, atar. Entonces, esto significa que Jesús no sólo «tocó» al leproso, no sólo lo «tentó», como decimos en Colima, por un instante, sino que lo mantuvo agarrado mucho rato. Esta es la caricia de Dios que seguramente transformó la persona del leproso hasta entonces marginado, como apestado que era. Jesús se le acercó, lo agarró, no le tuvo asco. Con esa caricia le dijo sin palabras que lo amaba, que era muy valioso para Dios.
A muchas personas les faltan las caricias humanas. Nunca recibieron expresiones de afecto, de ternura, de amor de sus padres, familiares o vecinos. Pero una cosa es segura: a ningún ser humano sobre esta tierra, le faltan las caricias de Dios.
P. Crispín Ojeda Márquez
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