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"SE LE QUITÓ LA FIEBRE".
Domingo 8 de febrero de 2009.
 
“SE LE QUITÓ LA FIEBRE”
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. No era una pesadilla. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. Hasta el día anterior su trabajo era viajar, ir de un lado para otro vendiendo telas, pero a partir de ese momento, transformado ya en una especie de enorme cucaracha, sólo va a poder moverse con mucha dificultad. No volverá nunca a ser el mismo que era doce horas antes.

Este es el comienzo de la famosa nvela «Metamorfosis», del escritor checo Franz Kafka y tal vez, es también el comienzo de toda enfermedad. Porque la enfermedad trastorna, cambia y desordena, no sólo el cuerpo de las personas, sino también su espíritu, su mente, voluntad, sentimientos. Y cambia además, el trabajo, el negocio, las relaciones sociales y todas las circunstancias. Ya nada es igual, y aunque el enfermo se recupere, no será el mismo. Algo ha cambiado.

Ningún ser humano tiene asegurada la vida, ni tampoco la salud, que es como un anuncio y anticipo de la muerte. Es verdad que existen personas más saludables que otras; sin embargo, la enfermedad es una amenaza constante para los sanos. Nadie quiere ni desea estar enfermo. Nadie decide ser una persona enfermiza.
Somos lo que somos por las decisiones que tomamos en la vida. Usted es ahora una persona casada o un ingeniero porque así lo decidió un día. Pero muchas cosas que nos pasan en la vida, no las decidimos nosotros. Una de ellas es la enfermedad, que inesperadamente se nos viene encima dejándonos postrados, indefensos, inútiles. La enfermedad nos hace comprender que, en realidad, somos más pasivos («pacientes») que activos.

La enfermedad tiene sus grados y medidas. No es lo mismo tener un catarro que un cáncer maligno. A ninguno da lo mismo un dolor de cabeza pasajero que un derrame cerebral. Hay enfermedades leves y enfermedades mortales. Cuando el médico diagnostica un cáncer en fase terminal al paciente que hasta ese momento creía tener una salud regular, es muy posible y también natural- que este enfermo sea víctima de una crisis existencial muy profunda y dolorosa. La enfermedad grave o mortal plantea muchas preguntas, la mayoría de las cuales no tienen respuesta humana: ¿Por qué a mí?, ¿Por qué a mi esposa, a mi hijo?, ¿Qué mal he cometido para que Dios me castigue de esta manera? ¿La vida vale la pena? En esa hora difícil, todas las cosas que antes de la enfermedad eran valiosas y bellas, pierden su valor y sentido.

Aunque parezca increíble, la enfermedad, que es un mal, tiene también su lado bueno. En la enfermedad se mezclan el dolor y la sabiduría, la amargura y el amor. La enfermedad puede crear personas amargadas, pero también personas sabias y mejores. Por tanto, de la enfermedad se pueden sacar muchas cosas buenas y enseñanzas profundas. La enfermedad puede darnos un nuevo conocimiento de uno mismo, de los demás, de la vida, de Dios. Existe una clase de conocimiento que sólo se consigue al sufrir. Uno no comprende el sufrimiento de los demás, hasta que le llega el momento en que tiene que retorcerse de dolor. Por tanto, la enfermedad nos hace solidarios con todos los sufrientes.

Enfermarse o ser enfermizo, enseña que todo ser humano es débil, quebradizo, vulnerable. Este conocimiento o toma de conciencia es un golpe terrible para quien es soberbio, orgulloso y creído, pero es también una invitación a la humildad, a reconocer lo que cada quien es, en realidad.

La enfermedad nos hace caer en la cuenta que, como seres humanos, necesitamos dos cosas importantes. La primera es el CONSUELO. Porque la enfermedad entristece y deprime. La segunda cosa es: NECESITAMOS DE LOS DEMÁS. La necesidad de consuelo nos hace conscientes de la necesidad de los demás. Es que la enfermedad, además de aislarnos y de alejarnos de la convivencia, nos convierte en seres completamente dependientes. Una de las primeras angustias que debe superar el enfermo dependiente, es aceptar que los demás lo alimenten, lo muevan y lo asistan hasta para defecar.

El último saber que puede darnos la enfermedad (el último, porque es el primero), es un conocimiento más hondo y vivencial de Dios. Más aún, para muchos enfermos, la enfermedad se convierte en la ocasión que les permite regresar a Dios, del que se habían alejado mientras gozaban de salud y prosperidad. Los evangelios muestran que los enfermos fueron las primeras personas que, en mayor número, se acercaron a Jesús y consiguieron los beneficios de la llegada del Reino de Dios: la salud física y espiritual. El Evangelio de la misa del domingo 8 de febrero de 2009, relata el primer milagro de Jesús, según el evangelista San Marcos. Se trata precisamente de un milagro de curación de una enferma: «Al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles» (Mc 1,29-39).
El texto nos permite contemplar a Dios hecho hombre que se acerca, se inclina sobre la mujer enferma, la toma de la mano y la levanta. Jesús devuelve la salud a la suegra de Simón Pedro y la devuelve a la normalidad de la vida y a la convivencia con los suyos. De la enfermedad, esta mujer de Cafarnaúm, regresó diferente. Con más ganas de vivir y de servir.

La enfermedad, que no deseamos, no elegimos, no podemos evitar y nos hace sufrir y perecer, puede ser también fuente de sabiduría y de encuentro personal con Dios. Esto depende de la elección y decisión de cada uno. Con la enfermedad, muchas personas se vuelven amargadas, intolerantes, insoportables; y, en lugar de acercarse o de volver a Dios, más bien se alejan de él con grandes resentimientos. Para otras personas, en cambio, la enfermedad es el camino doloroso, pero extraordinario, que les ha conducido a sí mismos, a los demás y a Dios. No me abandones en la enfermedad, ni en las canas y arrugas, claman los Salmos de la Biblia. Dios nunca abandona jamás a sus hijos; mucho menos en el momento en el que más lo necesitan. Quienes gozan de buena o mediana salud, no olviden a los enfermos. Ellos necesitan oración, ayuda efectiva y compañía.
P. Crispín Ojeda Márquez
 
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