Manipular, según el Diccionario de la Lengua Española, significa operar con las manos, es decir, «manejar». Esta palabra se aplica únicamente a las cosas. Sólo se manejan los objetos, Por eso, cuando se manipula a una persona o a un grupo humano se les trata como si fueran objetos, con el fin de dominarlos. Existe la manipulación comercial, psicológica, mental, política, religiosa, científica, familiar, escolar, etc. La manipulación humana es siempre un engaño. Por lo general, el manipulador ofrece la mentira detrás de un disfraz de verdad. Manipula quien vence por medio del engaño, la seducción o fascinación. Manipula quien vence o domina sin convencer. Los comerciales de automóviles que vemos en la tele presentan el flamante último modelo al lado de una chica guapísima y sensual para convencer a los televidentes de que quien compra un carro como ese, se convierte en un exitoso conquistador. Las envolturas de galletas o panecillos amplifican el tamaño y avivan los colores del producto, y ¡qué chasco se lleva el consumidor cuando al abrir el paquete se encuentra con unas píldoras de galleta! Con razón dice el refrán que no es el león como lo pintan.
Pero, no toda información, exposición de mensajes o enseñanzas son manipulación. Un comerciante no manipula cuando anuncia la mercancía tal como esta es, sin engaños. Un político no manipula cuando, con sinceridad y claridad expone sus intereses nobles y sus proyectos para el bien común. Un periodista no manipula cuando informa objetivamente. No se puede tachar de manipuladores a los padres de familia ni a los profesores que enseñan los valores auténticos a niños y jóvenes. Hay quienes piensan que hablar a los hijos y alumnos de valores humanos, morales y religiosos, es manipularlos. No tienen razón. Se manipula con la mentira y el mal, pero no con la verdad y el bien. Los verdaderos valores se imponen por sí mismos, sin necesidad de regaños, garrotazos o engaños.
Todo gobernante tirano, no democrático, es un manipulador. Sacrifica las libertades, prometiendo a cambio progresos sociales eficaces. Los tiranos manipulan, en primer lugar, por medio del lenguaje, de las palabras. Las palabras transmiten mensajes verdaderos, pero también falsos. Hay palabras que, para engañar, embelezan, cautivan. Inocente palomita, te dejaste engañar. Por ejemplo, para justificar la legalización del aborto, los medios de comunicación lanzaron al aire mensajes como éste: «La mujer puede disponer de su cuerpo como quiera…»
Cuando la gente piensa y reflexiona, se da cuenta del engaño y de este modo acaba con la manipulación. En el mensaje anterior, hay dos palabras atractivas y cautivadoras, pero al mismo tiempo engañosas: «su (cuerpo)» y «disponer». Ningún ser humano es dueño de su cuerpo porque no se lo ha dado a sí mismo, sino que lo ha recibido de sus padres y, en último término, de Alguien muy superior que llamamos Dios. O de la naturaleza, como afirman los no creyentes. Si yo me hubiera dado el cuerpo, tendría poder total sobre él. Yo podría ordenar a mi cuerpo que no se enfermara, que no envejeciera ni muriera. Ya se lo he ordenado muchas veces, pero no me obedece. Total, el cuerpo es mío sólo en cierto sentido. En realidad, he recibido mi cuerpo de otro, que es el verdadero dueño. Por tanto, mi cuerpo es un regalo que he recibido de Otro, y por esta razón, no puedo «disponer» de él a mi antojo. Además, en el caso del aborto, la mujer no está «disponiendo» del propio cuerpo, sino del cuerpo y de la persona de otro, que es su hijo. La reflexión, la toma de conciencia, aniquila toda manipulación. Por lo mismo, a los tiranos no les conviene que la gente piense.
El pensamiento que debemos cultivar debe ser a fondo, crítico. Necesitamos reflexionar hasta llegar a la raíz, a la verdad. Porque también se suele utilizar el pensamiento para manipular. En la escuela, por ejemplo, se puede enseñar a los niños y jóvenes el siguiente pensamiento: «Si ustedes quieren ser personas libres y maduras, no deben dejarse manipular por nadie. Cada uno de ustedes debe actuar y decidir por ustedes mismos, sin dejar que influyan en su decisión y en sus acciones nada ni nadie desde afuera». Como en el caso de la propaganda, este pensamiento es atractivo y cautivador. Es cierto que cada persona debe decidir por sí misma. A nadie le gusta ser ni actuar como si fuera un títere. Sin embargo, ese pensamiento no contiene toda la verdad y si los niños y jóvenes, no lo critican ni reflexionan a fondo, aceptarán ciegamente la siguiente conclusión a la que llegara su maestro: «Entonces, si ustedes quieren ser personas verdaderamente libres y maduras, deben hacer a un lado todo aquello que pretenda influir en ustedes desde afuera: las orientaciones de sus papás, las normas morales, las enseñanzas de la religión, las reglas de urbanidad…» ¿Esto no es manipulación?
Se difunde la idea de que la religión cristiana manipula a las personas desde su interior y se ha desplegado, en países europeos y americanos, una gran campaña de desprestigio contra la Iglesia Católica, con el fin eliminar su influencia, supuestamente nociva, en la gente. Dicen que la Iglesia es un obstáculo inmenso para que hombres y mujeres ejerzan libremente su sexualidad; que la familia, formada por el padre, la madre y los hijos, es un modelo impuesto por la Iglesia a la sociedad; que este modelo debe ser superado por otras formas de unión, etc. Ante todo, la fe cristiana, debe partir de la elección consciente y libre de cada creyente. Cristo no obligó, ni obligará a ninguno (a) a seguirlo. El evangelio de la misa del domingo 23 de agosto de 2009, relata la reacción de los discípulos (no de los judíos) ante el discurso del Pan de Vida que Jesús pronunció en Cafarnaúm: «Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «También ustedes quieren dejarme? Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 55. 60-69).
Muchos discípulos anota San Juan- se echaron para atrás y ya no lo siguieron. Jesús no los obligó a seguirlo, utilizando la manipulación. Le ha de haber dolido mucho esta deserción y abandono de los suyos, pero los dejó en libertad para hacerlo. Tenemos que aceptar los católicos que muchos hermanos nuestros han recibido la fe cristiana como se recibe una herencia, y algunos se quejan de que sus padres no les pidieron permiso para bautizarlos en esta fe. Otros católicos viven un cristianismo a medias, ambiguo. La gente dice que le prenden una veladora a Dios y otra al diablo. Otros más, ante el ambiente negativo y adverso contra Cristo y su Iglesia, tienen muchas dudas y por lo mismo, viven en la indecisión. No ignoramos, finalmente, a quienes actualmente se han echado para atrás y han abandonado la Iglesia, para entrar en otro grupo religioso o en la incredulidad.
Jesús es la verdad. Por eso, también es el camino y la vida. La verdad no se impone ni manipula. Simplemente se muestra. Verdadero cristiano es aquel que hace una elección personal por Cristo y su evangelio; que elige a Cristo, no por imposición, ni por engaño, ni siquiera por haber aprendido todo el Catecismo, sino porque lo ha experimentado en su vida. Porque ha experimentado que la fe en Cristo, lejos de amargarle o hacerle imposible la vida, le ayuda a vivir plenamente. «¿También ustedes quieren dejarme?» Esta pregunta de Jesús se dirige a los Doce, lo cual quiere decir que la dirige a la Iglesia de todos los tiempos. Se dirige a cada uno de nosotros, los católicos de hoy. Que nuestra respuesta sea la de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».
P. Crispín Ojeda Márquez
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