Sydney, Australia a 17 de julio del 2008
Presentamos la segunda catequesis impartida por Mons. Francisco Moreno Barrón, Obispo de Tlaxcala y Responsable de la Dimensión Juventud de la Comisión Episcopal para Familia, Juventud y Laicos, con motivo de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud en Sydney, Australia.
2ª Catequesis
“El espíritu santo, alma de la iglesia”
I.- El Espíritu Santo enviado por el Padre y el Hijo
La obra de la salvación del hombre es una acción trinitaria: el Padre creador envía al Hijo para que, encarnado en el seno de la Santísima Virgen María, entregue su vida por nosotros, y ambos envían a su Iglesia el don del Espíritu Santo.
Jesucristo nuestro Señor anunció su decisión de retornar al Padre para enviar, juntamente con Él, a su Iglesia el Espíritu Santo. Jesús era consciente de que había cumplido la misión que le había encomendado el Padre en medio de los hombres y que ahora era el Espíritu Santo quien debía continuar esta obra de salvación: “…les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya el Protector no vendrá a ustedes. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad”. (Jn. 16, 7. 13)
Después de la muerte y resurrección de Jesucristo, la iglesia naciente (los apóstoles) se mantenía en oración en torno a la Santísima Virgen María, esperando se cumpliera la promesa de Jesús de enviar al Espíritu Santo. El domingo de Pentecostés se derramó sobre ellos el Espíritu Divino en medio de un ruido estruendoso y en forma de lenguas de fuego que se posaron sobre sus cabezas, y empezaron a hablar en diferentes lenguas, proclamando con valentía que el Cristo que había muerto estaba resucitado y vivo para siempre ( Hech. 2, 14 ss).
II.- Cristo y su Iglesia
Nos preguntamos qué es la Iglesia y tenemos que afirmar que la Iglesia no es un qué, sino un quién. Tampoco es un edificio material, sino un templo espiritual formado por todos los bautizados. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y cada uno de nosotros somos miembros de ese Cuerpo cuya cabeza es el mismo Cristo; un Cuerpo en el que todos sus miembros son importantes y ninguno debe pasar necesidad. Tan importante es la jerarquía como cada bautizado (ejemplo del Papa Pablo VI y un periodista). Todo esto es obra del Espíritu Santo, admirable constructor de la Iglesia. Hoy es el tiempo del Espíritu Santo, quien guía y conduce a esta Iglesia de carne y hueso en nosotros.
Muchos jóvenes son atraídos por Cristo y el mensaje del Evangelio, pero les cuesta reconocer que Él está presente en la Iglesia y que actúa a través de ella. Mis amigos jóvenes, no queramos un Cristo a nuestra manera. Reconozcamos que Él fundó su Iglesia para que continuara su obra de salvación en medio de los hombres. La fundó “divina” con la asistencia del Espíritu Santo y “humana” con las limitaciones propias de ésta condición.
Esta Iglesia es nuestra familia en la fe que nos nutre con los sacramentos que Cristo le confió. Valoremos cada uno de estos signos sensibles que nos dan la vida divina, en especial los sacramentos de iniciación cristiana del Bautismo, Confirmación y Eucaristía.
Hoy tenemos que afirmar gozosos que nosotros somos la Iglesia de Cristo y que su Espíritu Santo habita en medio de nosotros. Pidámosle confiados que nos ayude a conocer, amar y seguir a Cristo en comunión con todos los bautizados y que, con su gracia, demos nuestro aporte para darle a esta Iglesia un nuevo rostro juvenil, atractivo y cada vez más convincente a los ojos del mundo actual.
III.- La Iglesia unida por el Espíritu Santo
El verdadero milagro de Pentecostés, la gran variedad de lenguas, fue el milagro del amor y la unidad, obra singular del Espíritu Santo. Siendo la fuerza del amor entre el Padre y el Hijo, el E.S. realiza el prodigio de que los seres humanos se comprendan, abran sus corazones al Amor verdadero y se dispongan a construir juntos la unidad. No puede haber amor más grande entre los hombres que experimentar la intimidad del Amor de Dios. Este amor y unidad surgen ante todo en el seno de la Iglesia, la cual como fermento debe inundar a todos los hombres. Construir esta unidad y amor de Dios entre ellos será una tarea constante y camino seguro de su verdadera felicidad, ahora en el tiempo y después en la eternidad.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el Espíritu Santo orienta su acción hacia la construcción de su Iglesia. Actúa en los hombres para integrarlos en ella y, precisamente a través de ella, los atrae para edificarla y perfeccionarla: “La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia ya a los seguidores de Cristo en la comunión con el Padre en el Espíritu Santo: el Espíritu prepara a los hombres, los dispone con su gracia para atraerlos a Cristo. Les descubre al Señor resucitado, les recuerda su palabra, les abre el espíritu a la comprensión de su muerte y resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía, para reconciliarlos e introducirlos a la comunión con Dios, de forma que ‘den fruto ‘ (Jn 15, 5.8.16)”CIC 737.
IV.- Acción del Espíritu Santo en la Iglesia
Desde aquel Pentecostés el Espíritu Santo se quedó para siempre a habitar en el corazón de la Iglesia, en el corazón de los hombres que se abren a su presencia salvífica y santificadora. Siempre la Iglesia camina bajo su divino impulso. Como dice San Pablo, nada sucede hoy si no es bajo el impulso del Espíritu Santo. Ni siquiera podemos llamar Padre a Dios sin su valiosa ayuda (Gal. 4,6). Esto quiere decir que el Espíritu Santo es hoy el artífice de la salvación en medio de la Iglesia que Cristo ha fundado.
Además de sus siete sagrados dones que ya hemos comentado en la catequesis anterior, el Espíritu Santo reparte entre los bautizados la variedad de sus carismas: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos” (1Cor. 12, 4-6), y nos invita a poner dichos carismas al servicio de los hermanos en la Iglesia para la edificación del cuerpo de Cristo:
“La manifestación del Espíritu que a cada uno se le da es para provecho común. Porque a uno se le da, por el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, el don de la fe, por el Espíritu; a otro, el don de hacer curaciones, por el único Espíritu; a otro, poder hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, hablar en lenguas; a otro, don de interpretarlas. Y todo esto es obra del mismo y único Espíritu que da a cada uno como quiere”(1 Cor. 12, 7-11).
Es el Espíritu de Dios el que quiere manifestarse y actuar en la Iglesia a través de estos carismas y ministerios para bien de sus miembros y la salvación de todos los hombres.
San Pablo enfatiza que, entre de todos los dones y carismas, lo más importante es la caridad (amor cristiano), que es el resumen de toda la Ley:
“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad soy como bronce que resuena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha… Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad”(1Cor. 13, 1-3.13).
Jesús mismo nos enseña en el Evangelio que el mandamiento supremo es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos (Mc. 12, 31).
Por lo tanto, la manifestación plena, evidente del Espíritu de Dios en su Iglesia es el amor y la unidad que se dé entre sus miembros. Lo que nos ha de distinguir en medio de los hombres no son las publicaciones de grandes libros ni la construcción de los mejores edificios, o quizá las celebraciones dominicales ejemplares, sino ante todo la manera como sea evidente que el Espíritu de Dios actúa en nosotros y nos transforma con la fuerza de su Amor.
Cristo Jesús nos enseñó un nuevo mandamiento del Amor: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 13, 34), pero esto no es posible con las solas fuerzas de nuestra frágil condición humana; necesitamos el auxilio del Espíritu Santo para abrir de par en par el corazón a los hermanos y amarnos como Cristo Jesús nos ha amado, es decir, hasta ir dando la vida poco a poco los unos por los otros. Es posible vivir así porque: “Llevamos dentro de nosotros ese sello del amor del Padre en Jesucristo que es el Espíritu Santo” (Mens. 08).
Esta acción que el Espíritu Santo manifiesta en la Iglesia Universal, en las diócesis, en las parroquias, en los movimientos y asociaciones, en nuestra vida cotidiana, si nos dejamos conducir por Él, será nuestro auténtico testimonio de Cristo muerto y resucitado y el único distintivo que nos haga creíbles a los ojos del mundo.
Hemos de pedirle constantemente al Espíritu Santo que nos inflame en la fuerza de su amor para colaborar con él y con toda la Iglesia en la construcción de esta unidad en el verdadero amor.
V.- Los frutos y manifestaciones del Espíritu Santo
Además de los dones y carismas, el Espíritu Santo produce abundantes frutos en las almas dóciles a sus inspiraciones: caridad, gozo y paz; paciencia y longanimidad; bondad, benignidad, mansedumbre y fe; modestia, continencia y castidad.
Si bien la acción del Espíritu Santo es continua en la Iglesia, tiene manifestaciones singulares que evocan, de manera más evidente, un verdadero Pentecostés en ella. Desde luego, nos referimos a la solemnidad misma de Pentecostés cada año, a la celebración hermosa del sacramento de la Confirmación y aún a acontecimientos transformadores en la vida de las personas; pero hoy podemos hablar de una presencia y efusión especial del Espíritu Santo en esta Jornada Mundial de la Juventud en Sidney, Australia. Él toca la vida y la consciencia más íntima de cada uno de ustedes, jóvenes, para, si se lo permiten, transformar su existencia como lo hizo con aquellos apóstoles temerosos y empequeñecidos. Él viene hoy y todos estos días a nosotros con múltiples facetas, pero sobre todo, con la marca de la alegría juvenil. No necesariamente donde hay entusiasmo, quiere decir que está presente el Espíritu Santo; pero definitivamente donde no hay entusiasmo quiere decir que de alguna manera estamos bloqueando la acción del Espíritu de Dios, que es dinamismo, explosión de ánimo, fuerza transformadora.
Esta alegría y entusiasmo juvenil en el abrazo con hermanos y amigos de todo el mundo es el rostro atractivo que refleja el Espíritu de Dios, pero hay muchas otras huellas o manifestaciones evidentes del Espíritu Divino en nosotros que nos impulsan a valorar y vivir nuestra identidad de bautizados y a participar gozosos en la vida de la Iglesia.
Como en la primitiva comunidad cristiana, también hoy el Espíritu Santo sigue actuando con poder y haciendo maravillas en su Iglesia. Sus frutos son abundantes en la medida en que estamos dispuestos a abrirnos a su fuerza transformadora. Para esto es importante que cada uno de nosotros y todos juntos como bautizados lo conozcamos, entremos en relación con él y dejemos que sea Él, sólo Él, quien lleve las riendas de su Iglesia.
Esto nos exige escucha atenta, discernimiento y docilidad a su divino influjo. Espíritu Santo, somos la Iglesia de Jesucristo, estamos en tus manos, realiza tu obra de salvación en medio de nosotros y a través de nosotros.
+ Francisco Moreno Barrón
Obispo de Tlaxcala, México
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